miércoles, 22 de marzo de 2017

La convención de los árboles

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En el Quinto Encuentro Centenario Global de Árboles y Otras Especies Vegetales Mayores, se encontraron los árboles de todo el mundo. Este encuentro se hace cada cien años, no por capricho, sino porque la movilidad de los árboles es muy lenta, algunos tardan incluso diez años trasladándose desde su región hasta el lugar de la convocatoria, sin embargo, esto no es problema para ellos ya que la mayoría son muy longevos.

Endel, un viejo árbol de la especie de la “secuoya roja”, de 110 metros y 2.128 años, es quien preside la reunión:
–Señores –dijo con voz gruesa y pausada–, iniciaremos nuestra sesión de este centenario, dándole la bienvenida a nuestro amigo Drago, un importante árbol de Gran Canaria, que por ser endémico no había podido venir a nuestros encuentros, hasta ahora.

Todos los árboles lo recibieron con un resonante “ramauso”. Les recuerdo que los árboles no tienen palmas de la mano, por consiguiente no aplauden, sino “ramausen” que es las acción de agitar las ramas para producir ruido.

Drago se presentó ante la comunidad con su alegre acento español de las islas canarias:
–Ej para mí un ogullo, está po primera vé en ete impotante encuentro. Quiero aprovechá para rendí un homenaje pojtumo a nuestro entrañable amigo Acacia de Ténere.

Acacia de Ténere era conocido por ser el árbol más aislado del mundo; se encontraba a más de 400 metros de cualquier otro árbol, en pleno desierto del Sahara. Desafortunadamente, fue destrozado en 1973 –en cronología humana, porque en realidad los árboles miden el tiempo de manera muy diferente a la nuestra– por un conductor que manejaba borracho.


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La idea central del Quinto Encuentro es la deforestación, tema que había empezado a preocupar a los árboles tres centenarios atrás, cuando celebraron el tercer encuentro.

Precisamente, en la tarima del escenario estaba ahora Palo de Rosa, una especie botánica de planta con flor, de la familia de las Lauráceas, que se caracterizan por ser árboles de 50 metros promedio, que habitan en las zonas tropicales del Viejo y del Nuevo Mundo. Palo de Rosa también es un árbol endémico de la Amazonía, pero al contrario de Drago, que es símbolo en Islas Canarias y está protegido y expandido ampliamente en su región, él está en vía de extinción. Su testimonio se convierte para los árboles presentes en el relato de una verdadera tragedia.

–Durante más de 40 años –explica con voz entrecortada Palo de Rosa–, hemos sido blanco de la devastación sistemática de la especie humana. Bosques enteros nuestros han sido derribados, reducidos a trozos pequeños, luego a viruta y posteriormente a serrín, para producir aceite.
El ambiente queda en silencio, apenas si se sienten el viento entre algunas ramas y hojas. Todos miran conmovidos a Palo de Rosa y están estupefactos ante su descarnado relato.

–¿Qué vamos a hacer, señores? –retoma la palabra Endel–. Estamos sufriendo de “deforestación”, que consiste en la pérdida de nuestra tierra, en manos de una de las más grandes plagas naturales: los humanos. A lo largo de la historia, nos han derribado para usarnos como combustible. Hacen muebles con nuestros troncos, o arrasan nuestros territorios para introducir ganado y cultivos de toda clase.
Un gran murmullo se despertó en el congreso: voces, silbidos y agitación de ramas se escuchan.
 –Nos están acabando– gritó el Encenillo.
–Los bosques tropicales están amenazados– dijo Ramón, un árbol tropical cuyo nombre compuesto es “fraxinus angustifoliav”.
            Así, con reclamos cada vez más airados, con cifras y casos, los árboles analizaron su situación.


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Llegó la hora de las conclusiones y las propuestas.
–El ser humano se ha convertido en una verdadera plaga, la más peligrosa –dijo Endel–. De todas las especies, es la única que no tiene depredadores naturales, que no tiene control de crecimiento. Y lo peor, es que se está convirtiendo en el depredador del resto de las especies vivas de nuestro planeta. –Los árboles volvieron a quedar en silencio y un ambiente de tensión recorrió el ambiente.

El Cedro del Líbano resonó su voz desde el fondo, donde se destacaba su imponente presencia.
–Es cierto, el hombre amenaza con convertir el planeta en un desierto. También lo es, que hay algunos especímenes humanos que trabajan por nuestra protección y conservación. En muchas partes del mundo se están haciendo reservas que evitan nuestra extinción. Incluso, en algunas ciudades humanas, se han vuelto a plantar árboles y a crear bosques que contrastan con sus inmensas moles de cemento.

Endel retomó la palabra:
–Amigos, en este quinto congreso hemos analizado los peligros que nos amenazan y las acciones que se están haciendo para contrarrestarlos. Los invito a que hagamos un Observatorio Humano. –Se rascó la coronilla del tronco, con las ramas superiores–. Desde cada uno de los bosques organizados, vamos a mirar con cuidado y a seguir paso a paso las acciones del hombre. –Un murmullo se escuchó de nuevo entre los árboles–. En cien años, en el sexto congreso, de acuerdo a los informes que presentemos, tomaremos las medidas que sean necesarias. Bien puede ser que el ser humano haya rebajado su nivel de agresividad sobre los bosques y sea una plaga controlada, o bien sea que la naturaleza provea una catástrofe para generar su control.

Los árboles aceptaron la propuesta y emprendieron el regreso a sus respectivas zonas, pero Palo de Rosa no dejaba de pensar con cierto temor si la acción del hombre les permitiría volverse a reunir dentro de cien años.


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